Por el Marqués de la Vera
Los últimos días hemos estado escuchando mucho sobre las provincias. Que hacen esto, que proponen aquello, que ya levantaron aquél monumento, que ya tienen nuevos ciudadanos… las provincias toman un nuevo protagonismo que está rompiendo la barrera de la previsión. Junto con ese nacimiento, las instituciones echan mano de su elasticidad para adaptarse a otros cambios, generalmente del índole político: hoy hay más participación política que hace un año, que nueve meses, que hace seis meses. Nuevas ideas, muchos proyectos y muchas dudas. Nuestro marco jurídico está creado para soportar ciertos retos, y repito, echan mano de su elasticidad para adaptarse a ellos.
La verdad es que nuestro presente ya sobrepasó a las previsiones. Estamos frente a nuevas condiciones en las que es necesario revisar el estado que guarda el orden imperial. Siendo concretos, debemos mirar el estado que guarda la Constitución. Como contrato social, la Constitución guarda en su interior toda la organización del Estado micronacional anahuacense, las relaciones que guardan sus instituciones e intrínsecamente guarda los principios y fines del Imperio. El texto de 2011 fue pensado en la situación de ese momento, en la que dos Reinos federados acumulaban en sí toda la actividad, en la que una población destacadamente centralizada en una región era la que participaba activamente en toda la movilidad imperial. Se pensaba también mirando al Plan de Anáhuac, a las circunstancias particulares de los actores de dicho tiempo y a los retos que debían asumirse.
Sin duda alguna, la Constitución imperial es un texto que destaca por su gran vanguardia en materia de garantías individuales y pienso que una de sus características más evidentes es el federalismo asimétrico: los Reinos federados toman un protagonismo céntrico frente a otros componentes de la Unión como son las provincias y los territorios. El federalismo asimétrico se articuló de tal forma que se privilegió a los constituyentes de la Unión, los reinos federados, y se sujetó directamente a la autoridad imperial a las provincias y territorios. En resumidas cuentas, la autonomía que otorga la federación se encuentra en los Reinos federados y las otras entidades son sujetas a una centralización en el gobierno imperial, cosa totalmente coherente si tomamos en consideración que en un principio las provincias y territorios tenían población cero. La llegada de uno o dos ciudadanos a una provincia y que gozaran por ese solo hecho de autonomía federal no sería justo para con los Reinos federados.
También señalo algo: hemos estado construyendo el micronacionalismo mexicano en éstos últimos meses, hemos estado desarrollando nuevas políticas y nuevas visiones. La mirada absoluta al digitalismo y el consiguiente abandono del ejercicio de los llamados “territorios micronacionales”, el establecimiento de un nuevo orden con el microcorporativismo social, la modificación de la composición parlamentaria, creo que nos orienta a una comunidad fuertemente institucional.
Basta con comparar los movimientos reformistas en otras micronaciones: la gran mayoría se han volcado a eliminar formaciones, desaparecer partidos políticos, establecer un régimen de participación directa, con una nula o limitada existencia de un “Estado” micronacional propiamente dicho. Las instituciones han dado paso a las reuniones ciudadanas, las corporaciones ceden a las asambleas. En mayor o menor medida ese ha sido la ruta, el desmantelamiento de las instituciones. Por supuesto no han faltado las visiones reaccionarias, que han opuesto su fuerza política o que han manifestado su descontento, ya sea de palabra o de hechos. Pero ello confirma que se vive en el exterior una reforma de desinstitucionalización.
Creo que los anahuacenses hemos llevado el paso contrario: una mayor institucionalización, verdaderamente una “corporativización” de la vida pública. Ello no ha sido coincidencia o la ocurrencia de una agrupación política, es un claro objetivo, totalmente manifiesto, del Emperador, quien ha encabezado esas reformas. Basta mirar la formación de gremios, el establecimiento de la Curia Social, la creación de nuevas leyes, nuevos mecanismos jurídicos, nuevas formas: lo que se ha buscado es que el Imperio sea un conjunto de engranes impulsado por un conjunto de engranes mantenido por un grupo de engranes: una máquina micronacional. Todo parte de la institución, la mínima creación se debe a la institución. Creo que ha ello le debemos la coerción social y la estabilidad política. La paz y la posibilidad de acuerdos entre fuerzas opuestas, cosa que no se da en otros lugares de la micronacionalidad, es posible porque los intereses del Imperio están recogidos en la institución, que no está sujeta a los pareceres del individuo. Todo ello me recuerda a las comunidades corporativas de la Edad media y principalmente de la Nueva España, de los tiempos coloniales, en las que el individualismo y los intereses particulares no eran la fuerza que movía el accionar social, sino los intereses colectivos, la fuerza de las corporaciones: todos, sin importar cuan pobres o ricos fueran, pertenecían a una corporación: gremios, alianzas, familias organizadas, grandes cofradías, la propia Iglesia es una corporación. El hombre no estaba solo, no se inculcaban ideas que favorecían la satisfacción de los intereses de uno sobre los demás, había moral en pocas palabras.
Me parece que ese debe ser el objetivo del Anáhuac, y creo que todos lo tenemos muy claro: rescatar, reivindicar. Esas palabras toman sentido cuando observamos que en el Imperio se lucha por alejar las prácticas individualistas y no representar la calca de los Estados macronacionales modernos: el hecho de pregonar democracia y autodeterminación de los pueblos a diestra y siniestra, y defender el voto libre, y proclamar la Declaración Universal de los Derechos Humanos como si fuera grito de guerra, colocándola en cada documento, en cada ley, en cada manifestación, no nos hace ni democráticos, ni liberales, ni defensores, menos aún partícipes de un cambio social, aunque sea en el limitado número de las personas que componemos el micronacionalismo. Las acciones de los Estados macronacionales modernos no son la solución para nuestros problemas, como tampoco lo es el imitarlos. Precisamente por ello creo que llevar el paso contrario, el de la institucionalización, es la ruta correcta que debemos seguir practicando. Cuando vemos que las decisiones se toman dentro de los gremios, en el Congreso, en el despacho imperial, que los temas son tratados dentro del cauce de las instituciones, entonces podemos ver una sociedad organizada como la que, por lo menos yo, siempre he soñado, y no un grupo de personas desorganizadas tratando mil y una cosas y llegando a ningún acuerdo. Las instituciones nos permiten imaginar y crear y lo más importante: fabricar. No basta pensarlo, hay que hacerlo, el microcorporativismo social nos permite pensar en ello.
Como hemos visto, los cambios han sido profundos y trascendentales: nada menos que la maduración del Imperio, el fortalecimiento del micronacionalismo mexicano. Pero así como han cambiado nuestras ideas ha cambiado la forma en que convivimos y nos relacionamos en los asuntos públicos. También ha cambiado la cara del Anáhuac: hoy es más incluyente y más acogedor. Las nuevas condiciones han llevado a su máximo nivel la elasticidad de la Constitución, del pacto de la soberanía, del contrato de la Unión.
Lo cierto es que hoy tenemos dos ideas constantemente presentes en cada acción gubernamental, en cada discurso público, en cada acción social: federalización o centralización. Creo que ha quedado patente con el surgimiento de más actividad en las provincias que están deseosas de contar con mayor autonomía, con mayor rango de actuación, lo que desean es ampliar sus horizontes y participar activamente, como comunidades autónomas, en la vida política del Imperio. Lo cierto es que la camisa del estatus jurídico de la provincia les queda chica y desean mudar de ropa. También es evidente que también se piensa que los localismos pueden ser dañinos y que más autonomía puede significar desorden en los asuntos públicos, la propia falta de definición precisa de competencias de los entes federales crean esa sensación; se piensa que lo mejor es abandonar el proyecto federal, o al menor limitarlo, en pos de un Imperio central. Ya bien dicen que la experiencia es la madre de la ciencia, y sin ella no podría haber argumentos para defender la una o la otra. Hoy estamos en el federalismo asimétrico, dos vías: ¿así lo dejamos, o probamos otra cosa?
Pienso que de eso se trata el constitucionalismo. Es eso: el Emperador está casado con su pueblo, y las relaciones se construyen a base de conocerse el uno al otro. Para que no se desgaste el matrimonio imperial deberá llegar a nuevos acuerdos, a nuevas bases, nuevas formas de convivir: modificando la rutina, cambiando los horarios, redistribuyendo el trabajo, dejando en claro las obligaciones… trabajar para que el romance no se apague. Pienso que un constitucionalismo estático es un matrimonio muerto: el paso de los años no nos hace más sabios, sólo nos hace más viejos. La Constitución, como navío en el que circulamos por los océanos, debe mantenerse a punto para que todo salga bien. Muchas mejoras caben hacerse a un navío, no es posible para una tripulación que desea el éxito pensar que su navío será el mejor por siempre, deberá hacer mejoras al casco, remplazar las velas por motores, sustituir el viento por el vapor.
Una fecha interesante se aproxima, es el 5 de mayo, aniversario de la Constitución. Nada sería más agradable que festejar a nuestra magna ley que llevando a cabo los cambios que se consideren pertinentes para mejorar el rumbo imperial. Avanzar debe ser la consigna. Importante anotación que no quiero dejar de lado: no cabe reformar por reformar. Si hemos de incorporar los nuevos avances a nuestro contrato social, hacerlos parte de nuestro permanente cuerpo legal es una decisión importante, porque no hay vuelta atrás. Aquellos hermanos nuestros que deseen mayor autonomía deberán demostrar que la merecen. Aquellas posturas que desean ser parte inseparable del micronacionalismo mexicano deberán acreditar que son dignas. Y sobre todo, no caben los movimientos unilaterales: Emperador y pueblo como contrayentes de la Unión deberán dialogar, y llegar a acuerdos concretos y universales, sin sendas aprobaciones no hay cambio, así lo demanda la razón y así conviene al interés público.
Creo que es tiempo de que se constituya una comisión que revise el estado de la Constitución, y que el pueblo envíe todas sus ideas y propuestas, para que de aquí a mayo, fecha en que pienso debería convocarse a un Congreso Constituyente, haya suficiente materia y que el edificio esté armado antes de construirse. Pienso que no hay persona más ideal para esa tarea que el Emperador, al que le debemos prácticamente todas nuestras leyes: gozamos de un Emperador Legislador, acojámonos a su virtud y participemos activamente.